lunes, 11 de septiembre de 2017

Un testimonio personal del golpe


Hace 44 años se produjo el hecho más traumático de nuestras vidas, el golpe de Estado, la muerte heroica en La Moneda del presidente SalvadorAllende, el fin de una época, el inicio de una represión sangrienta que se cobró miles de vidas, y más tarde el exilio para mi y mi familia. 
Una semana antes del golpe pedí una reunión con los dirigentes regionales del MIR, organización en la que militaba junto a varios amigos, y de cuya dirección de estudiantes secundarios formaba parte por entonces. Nos parecía a todos inminente el golpe de Estado, y pregunté, cuando nos juntamos en mi casa, la de mis padres en realidad, a "Lucas", Humberto Menanteaux, del secretariado regional -atrozmente asesinado por la dictadura en 1975- qué haríamos cuando se desencadenara. El contestó con simpatía y convicción que nosotros pasaríamos a formar parte de la "masa armada" en nuestro territorio, la zona oriente de Santiago en la que se desplegaba el Grupo Político Militar 3 (el G3, como lo denominábamos), con trabajo en poblaciones, universidades y liceos, agrupando a un par de centenar de personas, y que del resto se encargaría la "fuerza central", que enfrentaría el golpe. No me convenció mucho el esquema, pero no tenía mayores elementos de juicio, salvo una gran fe en el arrojo y capacidades del grupo que alrededor de Miguel Enríquez dirigía el MIR, grupo al que me integré en 1972, pues me pareció más atractivo y consistente -las reformas de Allende llevarían a un golpe de Estado que había que resistir con organización popular y con armas- que la Juventud Socialista con la que hasta entonces participaba en trabajos voluntarios.
El 11 de septiembre de 1973 partí a mi liceo sin enterarme de nada. Mi padre era Ministro de Planificación del presidente Allende, pero no tuvo información del golpe antes de que saliéramos de la casa. Al entrar a mi liceo, la Alianza Francesa, que con tensiones lográbamos mantener en clases a pesar de la presión de la gente de derecha que quería sumarse al paro indefinido que promovían los golpistas, ya la noticia del golpe se había esparcido. Dejé a mi hermano menor con un amigo y yo salté la reja -no me dejaba salir el inspector general Sr Coti- y me fui a dedo hasta el Pedagógico en Macul, lugar previamente establecido de reunión, al que llegué a eso de las 9 de la mañana. 
Allí nos juntamos una treintena de miristas cerca de la entrada. Quienes nos dirigían, entre ellos el jefe del G3, "Aníbal", Agustín Reyes, detenido y desaparecido en mayo de 1974, y los miembros de la jefatura Carlos Ominami y Ricardo Pizarro, nos señalaron que no tenía sentido permanecer en el Pedagógico, que estaba empezando a ser rodeado por militares, por lo que nos dirigimos a la empresa Paños Continental, en el cordón industrial Macul. Permanecimos allí un rato en la calle, pero a los dirigentes sindicales no les pareció una buena idea que ingresáramos y una patrulla de Carabineros que pasaba se detuvo. Un oficial nos dijo, con semblante preocupado y mucha tensión, "muchachos, mejor que se vayan para sus casas" y siguió su camino la patrulla. Es cierto que el jefe de nuestro grupo tenía 23 años y yo, que era el menor, tenía 16. Varios andábamos con uniforme de colegio.
Seguimos caminando, pero el grupo ya era menos numeroso, una veintena. En un momento dado nos encontramos parados en la esquina de Macul con Los Olmos, en una situación un poco surrelista: no sabíamos qué hacer. En ese momento se acercó una mujer de edad media y con una gran simpatía nos dijo: "muchachos, yo soy radical, vengan a mi casa que está aquí cerca". No sé que pensó esa mujer al tomar un riesgo semejante, tal vez la imagen de esos jóvenes decididos le provocó esa reacción. El hecho es que entramos una quincena en esa casa, su dueña se trasladó con sus hijas a otro lugar cercano, y ahí nos instalamos. Ricardo Pizarro, mi jefe en el G3, me pidió al rato que lo acompañara a una casa cercana. Allí estuvimos un par de horas armando varias decenas de granadas caseras, hechas con tarros de café con plomo y metralla alrededor, que llenamos con algo así como amonio de plata y luego les atornillamos unas espoletas muy artesanales hechas con fósforos, y luego volvimos a la casa de Macul. 
Allí nos enteramos por la televisión de la muerte del presidente Allende, y escuché en la lista de buscados el nombre de mi padre, lo que me alivió porque pensé que al menos no estaba preso y vivo. Empezamos a planificar acciones, luego de que alguien de la dirección del grupo señaló que había podido hablar por teléfono con Bautista Van Schouwen, de la dirección del MIR, y que la instrucción era que hiciéramos "barricadas de dispersión". Sonaban balaceras intermitentes en la escuela de suboficiales de Carabineros que quedaba cerca, por lo que varios salieron desafiando el toque de queda para averiguar qué pasaba y ver si podíamos intervenir, lo que no lograron. Se planteó entonces la idea de asaltar una comisaría, pues el grupo tenía dos pequeñas ametralladoras argentinas y una pocas pistolas, aunque el encargado militar, apodado el "Turco Mario" se había volatizado y el subencargado, apodado el "Pato Malo", cuyo nombre nunca supe pero me fue dicho que fue más tarde detenido y desaparecido en el desmantelamiento del G3 en 1974, hacía lo que podía. Pasó la noche sin que pudiéramos hacer nada.
A la mañana siguiente, me dijeron que me cortara el pelo largo que usaba entonces, porque podría ser peligroso en situaciones de fuego. Entretanto se estacionó en la esquina de la casa un bus de Carabineros y pasaban patrullas militares. El bus permaneció largo rato, es muy posible que hubieran detectado nuestros movimientos, y permanecimos por largo rato con gran tensión esperando el asalto. Pero al cabo de un par de horas se retiraron, y salieron varios grupos de dos o tres de los nuestros y lanzaron nuestras granadas artesanales a patrullas militares, las que no funcionaron. Entre medio, en la televisión apareció la noticia del allanamiento de una casa en la que se encontraron materiales explosivos: era la casa en la que había estado el día anterior. 
En la tarde fuimos evacuando la casa de la señora radical y con tres o cuatro, en medio del toque de queda, caminamos hacia la población Santa Julia, yo con cuatro granadas en mi chaqueta y con bastante susto. Nos acogió una pareja de pobladores, que también se trasladó a otro lugar. En su casa permanecimos con mucha tensión con el Pampa y el Titi, Miguel Ángel Acuña Castillo y Héctor Garay Hermosilla, estudiantes del liceo 7 detenidos y desaparecidos en 1974, y con cada vez menos posibilidades de hacer algo. La dirección decidió a los tres días que nos dispersáramos. Me despedí de mis compañeros a los que no vería más, pues les esperaba la muerte unos meses después. Salí a llamar por teléfono para tratar de saber algo de mi familia. En una cabina telefónica hablé con un amigo, sin lograr averiguar mucho. Al terminar, miré hacia un lado y vi un soldado en una patrulla detenida a unos diez metros, con unos cuellos naranjos que usaban, apuntándome con un fusil. Un liceano con uniforme y el pelo cortado de manera un tanto extraña en ese contexto le debe haber llamado la atención. Seguí haciendo como que hablaba por teléfono, y finalmente la patrulla siguió su camino, para mi gran alivio. 
Me fui caminando largamente por las calles de Nuñoa hacia donde un tío, pensando en conectar con mi familia. Pasé por el Estado Nacional en mi recorrido. Los movimientos me parecieron extraños. Ignoraba que ya era un campo de concentración, en el que se encontraban ya varios de mis amigos y el que sería más tarde mi suegro, Vicente Sota. La tragedia ya estaba desatada. Y queda para mi el recuerdo imborrable de los que dieron con honor su vida tan jóvenes, no como víctimas, sino como combatientes de una causa, la de una sociedad más justa.

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