lunes, 22 de mayo de 2006

Derecho a la muerte asistida y al aborto terapéutico

A propósito del debate generado por el proyecto de ley de iniciativa parlamentaria Bustos-Rossi para permitir la eutanasia (la despenalización de la muerte asistida) y el anuncio de los senadores Girardi y Ominami de proponer una serie de legislaciones, incluyendo la despenalización del aborto terapéutico, se ha evidenciado una vez más la intolerancia de algunos en nuestra sociedad. Hasta estuvo en cuestión la destitución de las autoridades de la Cámara de Diputados, en circunstancias que, como bien lo explica el diputado Montes (ver en www.lecturas-gm.blogspot.com), sólo le cabía dar cuenta de un derecho que les asiste a los representantes del pueblo en nuestro país. A su vez, estuvo en cuestión la supervivencia de la Concertación, para algunos más extremos, y también la relación de parlamentarios con el gobierno.

En un país democrático, a todos les asiste el derecho de plantear debates, especialmente si son elegidos por el pueblo. El argumento según el cual sólo debe debatirse lo que une y no lo que desune es en realidad la voluntad de no debatir acerca de nada, puesto que no tiene mucho sentido hacerlo sobre lo que se está de acuerdo, o en todo caso sería en extremo aburrido. Por definición, el debate es respecto a diferencias. Y, hasta donde se tiene noticia, los partidos políticos y el parlamento están para eso, para debatir y llegado el caso zanjar diferencias respecto, entre otras cosas, a las normas que nos deben regir. El argumento de la prudencia siempre será válido, pero solo hasta el límite en que ahoga la libertad, la creatividad y la dignidad humanas.

La separación de la Iglesia y el Estado se consagró en 1925, pero no aún en las mentes de quienes se sienten con el derecho de imponerles sus respetables creencias religiosas a los demás, o de tolerar las de los otros que no coinciden con las propias sólo en tanto y cuanto estos no las manifiesten. Que las tengan puede ser, pero que las expresen, eso si que no.

Aunque como dijo Carlos Fuentes en una reciente entrevista en el New York Times Magazine “en América Latina incluso los ateos son católicos”, existe en Chile una cultura laica, y dentro de ella habemos quienes somos ateos, es decir nos asiste la convicción de que Dios no existe (gracias a Dios, como decía con buen humor Luis Buñuel), moléstele a quien le moleste y hasta prueba en contrario...

Para muchos de los que somos ateos, la piedad y la compasión, en la tradición filosófica de Rousseau y Schopenhauer, nos parecen ser de las virtudes de mayor importancia. En palabras de Michel Onfray, de quien tomamos los fundamentos de esta reflexión: "la repugnancia de ver sufrir a su semejante me parece el signo de la grandeza de un ser. Su indiferencia, el signo de su bajeza".
Negar el último deseo de un agonizante, desatender el llamado a acortar el sufrimiento de quien va a morir en plazos breves, y para quien los cuidados paliativos no son ya la prolongación de la vida sino de la muerte, es propio de los indiferentes al mal. Esa es la razón de la defensa de la muerte voluntaria asistida como una opción y como un derecho para quienes de motu propio la soliciten en el momento del fin de su existencia. A ese derecho no cabe oponer ningún deber de vivir en condiciones de sufrimiento o indignidad extremos, lo que también es válido para el suicidio.
A su vez, hay quienes se ven en la trágica situación de pérdida irremediable de su conciencia, pudiendo su vida sin vínculo con el mundo prolongarse solo por medios artificiales. Una norma favorable a la atenuación del sufrimiento y respetuosa de la dignidad humana, en contraposición al encarnizamiento terapéutico, es aquella que debiera permitir la muerte asistida mediante voluntad previamente declarada por vía de testamento, y/o transferencia de la decisión a una persona previamente designada para este fin, como prolongación de una relación de amor y afecto.

Los que consideramos que nadie debe estar autorizado a quitarle la vida humana a otro (salvo en situación de defensa propia personal o social -en caso de guerra legítima- que obligue sin otras opciones a recurrir a esa medida extrema o para evitar sufrimiento al moribundo que lo solicita o lo ha solicitado antes de caer en la inconciencia) y que somos contrarios por ello a la pena de muerte y a todo acto tanático respecto de terceros, no creemos sin embargo que pueda obligarse en su libre albedrío a cada cual a considerar que la vida humana propia tiene sentido en cualquier circunstancia. Consideramos que solo la tiene cuando permite la prevalencia de lo humano y de su dignidad en el hombre.

Esta misma ética atea de la compasión, que se opone en este aspecto al dogma del deber de vida de origen cristiano y más generalmente monoteísta (haciéndose notar la contradicción entre este deber de vida en medio del sufrimiento y la aceptación, hasta hace poco, de la pena de muerte y de la tortura, en el pasado, por la Iglesia Católica), es aplicable al tema de la despenalización del aborto, es decir de la interrupción voluntaria del embarazo.
No cabe restringir el problema del aborto terapéutico a situaciones del dilema vida de la madre/vida del niño(a), que la medicina moderna ha podido en buena hora restringir a situaciones ya muy poco frecuentes, sino abordar el problema más ampliamente. Del mismo modo en que el aborto terapéutico en sentido estricto opta por la vida de la madre por consideraciones de compasión por ella, en un dilema terrible, cabe preguntarse: ¿es humano imponer la continuidad de un embarazo no deseado, especialmente cuando se ha originado en actos horribles y profundamente traumáticos como una violación? ¿Qué vida espera a quien nace como fruto de tragedias como esa? ¿Qué sufrimientos síquicos agudos y prolongados esperan a la madre y al hijo(a)? ¿No es de una frialdad inhumana obligarlos a ese sufrimiento por una vida entera, anclado en el origen de su vida y con la probable repetición de violencias? Tampoco se trata de obligar a nadie a lo contrario, en virtud del principio de libertad de opción.

Los que no reconocemos un supuesto deber de vida por imperativo religioso creemos necesaria la despenalización del aborto para la protección física o síquica de la mujer embarazada en situaciones en que esté en juego radicalmente la posibilidad de bienestar de la madre, a petición de ella. Este tipo aceptable de aborto, que ojalá pueda siempre prevenirse en origen, solo lo es cuando se realiza antes que el ser vivo en anidación haya alcanzado el desarrollo neuronal que esboza su condición humana. Este desarrollo neuronal, en su materialidad factual, es el paso del embrión al feto, a las 10 semanas de embarazo. Se trata de despenalizar en circunstancias precisas la interrupción de la gestación de lo vivo, no de lo humano, en donde el deber ineludible del hombre hacia lo vivo en desarrollo empieza, en este enfoque, a los 70 días de la gestación. Es ahí cuando el feto conoce movimientos eléctricos, para que tres semanas más tarde aparezcan los neurotransmisores específicos con cuya ayuda el dolor y el placer (que son los criterios a partir de los cuales puede considerarse emergiendo lo humano como distinto del limbo en que está sumido lo que es aún solo un agregado celular vivo pero primitivo) empiezan materialmente a captarse y cuando los movimientos en el líquido amniótico son perceptibles por la madre. Después de la emergencia de lo humano en lo vivo, una interrupción voluntaria de embarazo es infanticidio, algo muy serio, que si debe ser penalizado.

Entonces, contrariamente a la creencia de la bioética conservadora, y con ella de los que se inspiran en fundamentalismos y dogmas religiosos, lo humano no coincide con las primeras horas del encuentro del espermatozoide y el óvulo, por mucho que algunos consideren que ahí se inicia la potencialidad humana, pero esta se puede retrotraer hasta el infinito en los muchos acontecimientos que concurren a la procreación, sino cuando el cerebro del embrión le permite a este iniciar un esbozo de existencia interactiva con el mundo. Antes de que esas potencialidades surjan, el embrión es del orden de una indeterminación que supone la vida pero que excluye aún lo humano. Del mismo modo, al final de la existencia, la incapacidad neuronal permanente de mantener una relación con el mundo anuncia la entrada en una nada que puede coincidir con la vida pero ya ha dejado de tener anclaje humano.

Los que piensan distinto, muy bien, que no practiquen el aborto terapéutico en el sentido que hemos descrito (aunque sabemos cuanta hipocresía e ilegalidades llegado el momento se esconden tras posturas rígidas de defensa de la moral tradicional) ni la muerte asistida (que también sabemos, dígase lo que se diga, se practica con frecuencia sin control y por razones económicas, lo que es mucho peor que una regulación clara y humana), están en su derecho. Pero no en el de impedir que otros lo hagan, pues en este tema hay quienes piensan de diferentes maneras en la sociedad contemporánea, con tanto o más fundamento ético que los conservadores, y ellos también tienen derechos, con la diferencia que no buscan imponerles sus convicciones a los demás sino hacer valer las propias, dejando que los otros vivan su vida como mejor les parezca.

jueves, 18 de mayo de 2006

Respuesta a un amigo

Me escribió Mario Mandiola sobre mi nota Derrotas económicas de la democracia (ver más abajo):
"Leí tu articulo sobre las "derrotas económicas en democracia", recoges en síntesis muchas de las cosas que nos preocupan como socialistas, falta de políticas regulatorias, saqueo de nuestros recursos naturales etc. Pero te pido que no te agites demasiado, total ninguno de esos temas está en el programa de gobierno, así que mejor no los discutamos so pena de ser "excomulgados". Fraternalmente: Mario Mandiola.
Le contesto a Mario con parte de la introducción de un ensayo que publicaré próximamente, que es un llamado a la no resignación, nunca, y mala suerte con las excomuniones:
"Este ensayo no disimula entonces sus puntos de vista. Es distinto al de quienes pusieron desde 1990 el énfasis en la distinción weberiana entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción, optando resueltamente por la primera, como explícita y legítimamente lo hizo el ex ministro y senador designado Edgardo Boeninger, y con él muchos otros.
Esto requiere de algunas explicaciones. La dialéctica entre el realismo y el sueño, la moderación y la audacia, ha estado siempre presente en los procesos sociales de “alta intensidad”, como ha sido el caso del Chile contemporáneo. La referencia a Max Weber es en este sentido pertinente para la reflexión. Decía el sociólogo alemán en una de sus conferencias de 1919: “Toda actividad orientada según la ética puede ser subordinada a dos máximas totalmente diferentes e irreductiblemente opuestas. Puede orientarse según la ética de la responsabilidad o según la ética de la convicción. Esto no quiere decir que la ética de la convicción es idéntica a la ausencia de responsabilidad y la ética de responsabilidad a la ausencia de convicción. No se trata por supuesto de eso. Sin embargo, hay una oposición abismal entre la actitud del que actúa según las máximas de la ética de convicción- en un lenguaje religioso diríamos : "El cristiano hace su deber y respecto del resultado de la acción se remite a Dios"-, y la actitud del que actúa según la ética de responsabilidad que dice: "Debemos responder de las consecuencias previsibles de nuestros actos"
[1].
La matización intermedia de la distinción weberiana es desmentida inmediatamente después en su texto: todo su argumento procura poner el peso del razonamiento en la balanza del lado de la defensa de la ética de responsabilidad, dando a entender que aquella de convicción sería esencialmente irresponsable al no tomar en cuenta las consecuencias de los actos inspirados en ella y mesiánica (con referencia a Dios incluída: algo así como “después de mi el diluvio”). Y cuando acude a ejemplos más laicos, el lado conservador de Max Weber emerge con toda claridad: “Perderán el tiempo exponiendo, de la manera más persuasiva posible, a un sindicalista convencido de la verdad de la ética de convicción que su acción no tendrá otro efecto que el de aumentar las oportunidades de la reacción, de retardar el ascenso de su clase y de oprimirlo aún más, no les creerá”. Ya saben los sindicalistas: sino no consideran que tal o cual de sus acciones favorece a los reaccionarios y va en contra de sus propios intereses, su ética de la convicción es mera irresponsabilidad...

Pero hay más en Max Weber: “El partidario de la ética de convicción no se sentirá responsable sino de la necesidad de cautelar la llama de la pura doctrina para que no se apague” en lo que puede parecer una razonable invocación en contra de los dogmatismos, aunque injusta en tanto y cuanto no ser irresponsable en sus actos puede ser parte esencial de las convicciones de quienes promueven cambios al orden injusto existente, justamente para no aumentar las injusticias, valga el juego de palabras. Pero acto seguido viene el lapsus, como diría Freud. De entre cien ejemplos posibles escoje nuestro ilustre precursor de la sociología moderna el que revela su actitud eminentemente conservadora, muy cuestionada por la izquierda alemana de la época por lo demás, y afirma: “por ejemplo la llama que anima la protesta contra la injusticia social”. Ya lo saben los izquierdistas, además de los sindicalistas: nada de cautelar la llama de la lucha por la justicia social, serían ustedes unos éticos de la convicción poco responsables...

Continuaba Max Weber en su célebre texto sobre El sabio y el político: “Pero este análisis no agota aún el tema. No existe ninguna ética en el mundo que pueda no considerar lo siguiente: para alcanzar fines "buenos", estamos la mayor parte del tiempo obligados a contar con, por una parte, medios moralmente deshonestos o por lo menos peligrosos y, por otro lado, con la posibilidad o la eventualidad de consecuencias enojosas”. Este “relativismo ético”, ironías aparte, puede explicarse por el curso sulfuroso de la historia en el tiempo en que escribe Max Weber lo que comentamos, pero da un poco de escalofríos a los que hemos tenido ocasión de experimentar “medios moralmente deshonestos” y “consecuencias enojosas” sustentados en justificaciones de este tipo, como desde luego la de los que promovieron el golpe de Estado en 1973 en Chile.

En cambio, la inspiración de este ensayo bien puede resumirse citando a Michel Onfray: “querer una política libertaria es invertir las perspectivas: someter la economía a la política, pero poner la política al servicio de la ética, hacer que prime la ética de la convicción sobre la ética de la responsabilidad, luego reducir las estructuras a la única función de máquinas al servicio de los individuos y no a la inversa”
[2], lo que es ser enormemente responsable con la disminución de los sufrimientos humanos al alcance de los humanos, salvo que se considere que nada se puede hacer respecto de ellos. Los avances civilizatorios de la humanidad no habrían sido posibles con la sola consideración de las dificultades, y vaya que siempre fueron inmensas, para conquistarlos, ya sea que se trate de la emergencia de la democracia, de la eliminación de la esclavitud, de la emancipación nacional respecto de potencias coloniales, de la consagración de derechos civiles y políticos, de derechos sociales, económicos y culturales, de eliminación de las discriminaciones de género, raza y orientación sexual y así sucesivamente.
Apostamos entonces al “pesimismo de la inteligencia”, siempre necesario para no perder la lucidez frente a los hechos a la que debe aspirar el uso de la razón, sin perder el “optimismo de la voluntad”, indispensable para mantener el principio de esperanza propio de la condición humana e inspirar su acción, de que nos hablaba Romain Rolland al iniciarse el siglo 20 y que gustaba de citar Antonio Gramsci, un insigne luchador contra las dificultades de toda índole, incluyendo las del dogmatismo.
O en palabras muy actuales de Fernando Savater: “Dice una milonga que ‘muchas veces la esperanza son ganas de descansar’. Pero también está comprobado que acogerse a la desesperación suele ser una coartada para no mover ni un dedo ante los males del mundo. Puestas así las cosas, soy decididamente de los que prefieren abrigar esperanzas..., aunque siempre tomando la precaución de no considerarlas una especie de piloto automático que nos transportará al paraíso sin esfuerzo alguno por nuestra parte. Es decir, creo que la esperanza puede ser un tónico para los rebeldes y un estupefaciente para los oportunistas y acomodaticios”[3].
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[1] Traducido desde la versión en francés, Max Weber, Le savant et le politique, 10/18, Paris, 2002, que reune conferencias de Max Weber dictadas antes de morir en 1920.
[2] Michel Onfray, Política del rebelde. Tratado de la resistencia y la insumisión, Perfil Libros, Buenos Aires, 1999.
[3] Fernando Savater, “Abrigar la esperanza”, El País, 15 de mayo de 2006.

domingo, 14 de mayo de 2006

Las derrotas económicas de la democracia




La democracia reestablecida en sus rasgos básicos en 1990 ha cosechado éxitos importantes: la convivencia entre los chilenos ha mejorado sustancialmente, las libertades y los derechos esenciales se respetan y, cuando ello no ocurre, la libertad de expresión permite denunciarlo con razonable eficacia. Los tribunales de justicia poco a poco se han transformado en garantes de los derechos de las personas e incluso han avanzado en verdad y justicia en las violaciones a estos derechos cometidos por la dictadura. Más aún, la democracia, aunque con lentitud a veces exasperante, se ha ido reformando a sí misma y hoy alcanza estándares institucionales relativamente decentes. La excepción principal la constituyen el sistema electoral y el poco dinamismo de la descentralización del Estado, y por tanto de la participación ciudadana, así como la lucha contra las discriminaciones. Tareas pendientes para el presente gobierno, que las ha inscrito en su programa. En materia de aspectos institucionales de la democracia, por tanto, sabemos relativamente bien de qué estamos hablando, de donde venimos y hacia donde debemos ir.
En el área económica la situación es más opaca. ¿En qué hemos avanzando, en qué no, porqué? Sugerimos fijarse en tres indicadores macroeconómicos de entre las decenas que la prensa especializada comenta todos los días: crecimiento, inflación y desempleo. Estos indicadores debieran situarse en alrededor de 5% (tasa de incremento para los dos primeros, de prevalencia para el empleo). Este criterio de desempeño, como cualquier otro, es discutible: lo tomamos de Jacques de Larosiere, que lo planteó en una visita a Chile en la década de los '90 como director del FMI, y nos parece pertinente.
También debiéramos considerar periódicamente un indicador microeconómico: las rentabilidades comparadas entre sectores económicos, que nos deben llevar a fijarnos cuando alguna actividad supera un 10% de rentabilidad y si eso depende de tarifas públicas excesivas o de la ausencia de impuestos adecuados o de la habilidad empresarial.
El crecimiento ha sido cíclico pero ha superado desde 1990 el 5% promedio anual, es decir la cifra más alta para un período de tres lustros desde el siglo 19. Esto no ha resuelto el agudo problema distributivo del país, pero esa es harina de otro costal que debe tratarse en su mérito: ninguna política redistributiva sería fluida, en todo caso, en medio del estancamiento económico. Bien, entonces, por el crecimiento. La inflación, por su parte, se ha mantenido por debajo del 5% anual por un período prolongado, rompiendo con la tradición inflacionista de la economía chilena: recordemos que los que más sufren de la inflación son los más modestos, que no pueden defenderse de ella e indexar sus ingresos a la evolución del nivel de precios. Bien por la inflación controlada.
¿Y el desempleo? No sólo no ha estado en ningún año desde 1990 (hablamos del promedio anual, porque bien sabemos que el desempleo es especialmente cíclico en Chile) en o por debajo del 5%, sino que nadie parece inquietarse demasiado con el tema. Esto tiene una explicación clásica: la ausencia de crecimiento es de general percepción, como lo es la inflación, que se constata día a día cuando es elevada. El desempleo lo perciben y lo sufren, en cambio, más bien los directamente involucrados y no el 85-90% de la población activa restante, que se informan de él, le temen, pero no lo experimentan directamente. Y los agentes económicos poderosos, digámoslo claramente, no se incomodan con un “mercado de trabajo distendido”, con una oferta de trabajo superior a la demanda, que les permite contener el nivel general de salarios, despedir personal y mantener altas rotaciones de sus empleados sin perjuicio aparente para su actividad: habrá un reemplazante al que acudir.
El objetivo del pleno empleo ha desaparecido de manera notable en los énfasis programáticos y en el debate público. Y la derecha tiene la solución de Don Otto: si el crecimiento es escaso en generación de empleos, si el ciclo económico es rápido en despedir y lento en recontratar, entonces hay que precarizar (lo llaman flexibilizar) el empleo, para bajar salarios y supuestamente incentivar así a los empleadores para que incrementen su tasa de empleo por unidad producida. Se traslada la lógica del mercado de las papas a este supuesto “mercado del trabajo” cuya demanda sabemos al menos desde Keynes se comporta primordialmente de acuerdo a variables macroeconómicas, además de su estructura específica de oferta.
El objetivo de aumentar la seguridad del empleo desapareció también de nuestro debate público y apenas se discute sobre las políticas de empleo activas (impulso macroeconómico, subsidio a la contratación, programas directos) y pasivas (seguro de cesantía, disminución de la oferta de trabajo). Este debate debe reanimarse, en especial si se tiene en cuenta que las proyecciones de desempleo no están cerca de llegar al 5% en plazos breves. El objetivo del pleno empleo es aquel de la izquierda por esencia en materia macroeconómica y estamos lejos de alcanzarlo en circunstancias que no es para nada una utopía en las condiciones actuales de la economía chilena.
¿Y qué hay de las rentabilidades comparadas? La rentabilidad “normal” de una actividad económica en una economía de mercado es la que resulta de situaciones competitivas, siempre que no esté basada en rentas de escasez (recursos naturales) o de situación (leyes de privilegio). La gran mayoría de las actividades en las economías industriales y de servicios maduras son consideradas rentables y los proyectos dignos de ser emprendidos con tasas de retorno inferiores a 10%.
Si examinamos la rentabilidad operacional de las Sociedades Anónimas en 2005 en Chile, nos encontramos con que para las empresas de ventas al por menor (supermercados y grandes tiendas o “retail” como se dice ahora), por mucho que en esta área se haya concentrado la actividad en pocas cadenas, esta es de 9%, una cifra razonable. Pero ocurre que diversas empresas no operan en mercados competitivos, especialmente en los casos de monopolio natural, de gran importancia cuando proveen servicios básicos a la población. ¿Sus rentabilidades operacionales? Un 37.7% para el agua potable, un 20% para la electricidad. Un rotundo fracaso, pues quiere decir que las tarifas están beneficiando indebidamente a los dueños de las empresas (aunque algunas tengan participación accionaria pública: los impuestos se cobran en otra parte) y no a los consumidores. En cualquier país civilizado esto hubiera sido objeto de correcciones inmediatas. La telefonía, en cambio, muestra una rentabilidad oepracional de 8,7%, lo que se explica pos sus segmentos competitivos.
¿Y en el área de seguridad social gestionada por privados, cuya fuente de negocio son las cotizaciones obligatorias? Simplemente un escándalo mayúsculo. Las Isapres presentaron una rentabilidad sobre capital de 91,9% en 2005. ¡La inversión se recupera en un año! Claro, en detrimento de los bolsillos de los usuarios por causa de una pésima regulación en un mercado especialmente opaco. En el caso de las AFP, la rentabilidad sobre capital fue de 19%, un exceso manifiesto para una actividad de seguridad social. Estamos en presencia de organizaciones lucrativas simplemente parasitarias.
La actividad bancaria, fundamental para canalizar el proceso de ahorro-inversión, se ha transformado crecientemente en un área de sobreutilidades injustificadas, obtenidas especialmente de las tasas y comisiones cobradas en el crédito al consumo a los más pobres. ¿Su rentabilidad sobre capital en 2005? Entre 18 y 40%, incluyendo cerca de ...30% para el Banco del Estado (aviso: los impuestos se cobran en otra ventanilla, no en un banco público que debiera ser rentable pero no maximizador de utilidades a este extremo). Nuevamente una mala regulación en un mercado profundamente asimétrico y de impacto sistémico. No se pida después que la pyme prospere en estas condiciones.
La actividad minera privada tuvo en 2005 un resultado operacional de 49,9%. Los chilenos estamos regalando a transnacionales del área inmensos dividendos que provienen de un recurso natural cuyo precio pasa por un ciclo alto. El royalty que a duras penas se logró el año pasado sólo revertirá sobre los chilenos una mínima parte de esta bonanza, que irá a parar a los bolsillos de los accionistas de las transnacionales mineras. Difícil darles una explicación a los muchachos secundarios que luchan con justa razón por la gratuidad del examen de ingreso a las universidades...
Entonces en materia de derechos económicos de los ciudadanos los chilenos nos estamos pisando la cola de manera flagrante. La derecha política ha actuado en el parlamento e impedido los cambios legales regulatorios y tributarios que permitirían a Chile financiar un mayor bienestar para los desposeídos y un mayor crecimiento futuro a través de más gasto en investigación y desarrollo tecnológico y en educación. Pero desde marzo la Concertación tiene mayoría simple por primera vez para cambiar leyes regulatorias, tributarias y laborales. La palabra la tenemos nosotros, los concertacionistas.
Pero claro, las empresas reguladas actúan sobre todo el espectro político con subsidios electorales abundantes, condicionando cada vez más la capacidad del parlamento de legislar como se debe y del gobierno de regular apropiadamente mediante la potestad reglamentaria. Y crecientemente nombran en sus directorios con entusiasmo a concertacionistas que dejan sus cargos públicos. ¿La conclusión? Una derrota manifiesta de la democracia chilena, que no está cautelando los intereses de los ciudadanos que no tienen poder económico y que son la inmensa mayoría.

viernes, 12 de mayo de 2006

Patio 29, La Segunda

"Lo que se constató fue un conflicto de intereses", indicó el ex subsecretario de la Presidencia, Gonzalo Martner, explicando la investigación interna realizada por el gobierno de Lagos al Servicio Médico Legal. Dicha indagación, aunque estuvo centrada exclusivamente en irregularidades económicas, salió a la luz tras estallar la crisis por la errónea identificación de cuerpos en el Patio 29.
"La asociación de funcionarios del SML hizo una denuncia pública en 2002. Ellos formularon un requerimiento a la Contraloría y la auditoría de gobierno también decidió revisar estas denuncias y realizó un conjunto de averiguaciones, muy concretamente respecto de una serie de sociedades de carácter privado con fines de lucro, del director del SML de la época (el doctor Jorge Luis Rodríguez) que tenían que ver con áreas técnicas", explicó Martner, quien esta semana expuso ante la comisión de Derechos Humanos de la Cámara.
Finalmente, agregó, "dado que el gobierno constató que la Contraloría había tomado constancia del asunto y ya estaba en sus manos y éste era el órgano encargado de ver este tema, ahí quedó".
- ¿Se citó al entonces ministro de Justicia, José Antonio Gómez?
- La auditoría interna de gobierno no cita a ministros. Eso es falso, no ocurrió. Al margen de la auditoría, en más de alguna ocasión me tocó hablar con el ministro Gómez de éste y otros temas.

lunes, 8 de mayo de 2006

Entrevista en El Mostrador


Ex timonel PS Gonzalo Martner:
''Los que querían otra vez un PS homogéneo se equivocaron y perdieron''
por Susana Jaramillo
Quien fue apoderado de la lista de la diputada, Isabel Allende, en los comicios internos, asegura que la idea de la nómina del senador Camilo Escalona, de dividir al partido entre quienes eran leales y no a la conducción de la Presidenta, no tuvo mayor sentido en la campaña porque las bases comprendieron que ningún socialista puede oponerse a un gobierno de los suyos. Pese a que la lista de la diputada del Partido Socialista, Isabel Allende, no logró el 50 por ciento de los votos en los comicios pasados, uno de sus principales adherentes, el ex timonel socialista, Gonzalo Martner, asegura que con el 38 por ciento del apoyo forman un nuevo y potente espacio al interior de la colectividad. Al hacer un balance de la campaña, Martner considera que superaron bien el intento de la lista contrincante, encabezada por el senador Camilo Escalona, de tratar de mostrar que en el PS habían dos posiciones respecto a la incondicionalidad que el partido debe tener con la Presidenta de la República. "Pudimos sortear bien ese episodio", señala el dirigente, quien al mismo tiempo indica que si no es posible integrar la nueva mesa directiva, pues no comparte el ofrecimiento de Escalona de crear dos vicepresidencias para las minorías, harán sus propuestas desde el Comité Central o la comisión política del partido. Además, una vez más, niega que tengan interés es ser oposición a la gestión de Bachelet. "No estamos en ésa", asegura.
"Episodio poco atinado"
-¿Cómo queda el cuadro político en el PS después de estas elecciones que fueron polémicas por los temas que se pudieron en el debate?
-Yo creo que se superó bien el intento poco feliz de generar una reorganización interna de los que supuestamente apoyan a Bachelet y los que no. Pudimos sortear bien ese episodio poco atinado y al final quedó claro que el conjunto del partido no sólo apoya a la Presidenta de la República sino que también tiene la voluntad de seguir siendo un fiel representante de los intereses de los más subordinados de la sociedad chilena. Yo creo que fue un debate bastante áspero y que hay algunas personas a las que no les gusta respetar las reglas ni cumplir los compromisos, sin embargo el balance final es positivo y hay que esperar que se reúna el Comité Central para ver quién será el presidente y su mesa directiva.
-¿Usted comparte lo que dice la diputada Allende en el sentido de que en el CC pueden haber sorpresas y que incluso no sea elegido Escalona como presidente?. ¿Cómo se entiende eso, si el senador tendría casi 70 miembros de esa instancia sobre 108?
-Claro... bueno son las reglas del juego y se elegirá como presidente a quien tenga más votos, y si es Camilo, se le deseará que tenga un gran éxito en la conducción del partido y nosotros también haremos nuestro aporte desde las otras instancias que se den, es decir, desde la comisión política y del propio Comité Central.
Partido polarizado
-En estas elecciones se vio un partido polarizado, ya que si bien habían cinco listas, todo se centró en los dimes y diretes de Escalona y Allende. ¿Cómo ese esquema puede ayudar al gobierno de Bachelet?
-Para mí hay un grupo en el PS al que no se le olvidan las malas costumbres que alguna vez adquirieron, que tienen fanatismo de homogeneidad y que son incondicionales en términos de imponer, y eso es lo contrario de lo que el partido ha sido siempre. Eso lamentablemente se vio en estas elecciones, y esperemos que se borre de la retina de la gente porque no le hace bien al PS. Además, nuestra colectividad ha sido diversa, tiene respeto por las distintas opiniones que hay en su seno, tiene una gran riqueza ideológica y en ese plano hubo un fuerte apoyo para una propuesta de partido no homogéneo, diverso, amplio e integrador. Yo creo que los que quisieron volver a la fantasía del partido homogéneo se equivocaron y no tuvieron el apoyo que pensaban.
"Si quieren seguir aplastando a los demás..."
-Esta semana se debería constituir el Comité Central y se han presentado varios problemas para conformar una mesa, donde estén integrados los diversos grupos. ¿Algunos de su sector culpan a Marcelo Schilling de ello, usted comparte esta visión?
-Marcelo es uno de los que comparte esta fantasía del partido homogéneo y de excluir. Nosotros no somos una minoría sino que un componente que recoge las mejores tradiciones del socialismo chileno y, bueno, se equivoca Marcelo si cree que así se puede apoyar mejor a la Presidenta Michelle Bachelet. Lo que nosotros queremos es un partido vivo, integrador, que apoye... Y si ellos quieren seguir aplastando a los demás, allá ellos...
-Si finalmente no se llega a ningún acuerdo para que ustedes ingresen a la nueva mesa directiva, ¿en qué tipo de oposición se convertirán?
-Nosotros no seremos oposición sino que expresaremos nuestros puntos de vista desde cualquier instancia del PS. No estamos en un afán de torpedear la gestión de nadie, porque lo principal es buscar una conducción que permita que la colectividad pueda subir la votación que obtuvo en las elecciones pasadas. Entonces, nuestro objetivo es ése y el 38 por ciento de militantes que nos apoyó en estas elecciones está muy conciente de eso y comparte nuestro diagnóstico y propuestas para levantar al partido.